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Entrevista con Daniel Krupa

 

 

"No suelo ver un texto como un todo, sino como una parte de otra cosa que, en caso de seguir publicando, tomará tal o cual dimensión..."


Sur de Babel: El personaje que construiste, Madrid, está repleto de intensidades calladas, que se esfuerzan por solaparse. Todo posible exabrupto es anulado por el sueño inducido del Rivotril. Pero también en la narración misma, hay un factor que puede funcionar como un atenuante, que es la mirada sarcástica que Madrid impone todo el tiempo a su derredor. ¿Esto es algo que te pidió Madrid, o es también una forma de relacionarte vos con el mundo?

Daniel Krupa: Es una pregunta tan personal que resulta difícil responderla en público. Me estás preguntando, nada más, ni nada menos, que ¡cómo me relaciono con el mundo! Convengamos que el sarcasmo es un arma de doble filo. El ejercicio de ese tipo de humor puede ocasionar una toma de distancia crónica de todo y de todos. Yendo al texto en cuestión, del que por cierto tampoco me acuerdo demasiado porque lo escribí en 2007, creo que me salió en un tono un poco más bajo de lo habitual, probablemente gracias a un estado de ánimo que, contra lo que podría preverse, no derivó en una acumulación de anécdotas alrededor del circo de melancolía que me había auto-inventado, sino que decantó en un registro apático. En este sentido, creo que la novela se interrumpe en la página cien porque a esa altura, esa forma de vincularme con las palabras ya me había curado del malestar que me había impulsado a escribir un texto de esas características. Conclusión de saldo: se me ocurre pensar que por aquel entonces necesitaba irme, tomar distancia. Madrid tiene que ver con eso, con esa necesidad de lejanía.

SdB: Madrid tiene una difícil, casi imposible relación con la escritura y todo lo poco que ha escrito fue a “pedido”. Cuando quiere escribir lo que le cuentan, no puede hacer nada con eso. ¿Cómo es tu relación con la escritura?

D.K: Es un vínculo desprolijo, imprevisible y cargado de histeria. En principio, sigo sin saber para qué escribo. Eso torna maravilloso en su sentido más amplio el vínculo amateur que mantengo con la escritura. Ahora que llevo unos meses largos sin redactar otra cosa que gacetillas de prensa, extraño el ejercicio de la escritura; extraño ese lugar casi sacro en el que uno se encierra a ordenar el mundo o, mejor dicho, a darle un orden a cierto mundo. Extraño esa fraudulenta sensación de creer (creer de verdad, hasta los huesos), y hacer creer, que uno está haciendo algo serio, importante. Extraño la obsesión que implica anotar una idea en una tarjeta de subte (preferentemente usada). Extraño la efímera pero vital sensación de placer de dar por terminado un párrafo. O sea, extraño el bienestar que me suele provocar la escritura. Esto me lleva a explicar eso del vínculo cargado de histeria. Básicamente se trata de lidiar con mi tendencia a complicar lo sencillo. Y viceversa. En más de una sesión de terapia, y con más de un terapeuta, abordé la falta de una mínima frecuencia en el ejercicio de la escritura. O del escape permanente de eso que tanto placer me provoca. Y cada vez que les planteaba mis idas y vueltas con la escritura, la respuesta consistía en un sutil de levantamiento de cejas, de hombros y no mucho más (supongo que eran lacanianos). Según mi interpretación, los tres terapeutas con los que “trabajé”, me estaban sugiriendo hacer lo que me gusta. En realidad, yo necesitaba una señal diametralmente opuesta. Algo del estilo: “Ud. hace bien en suspender eso que tanto necesita… ¡¿Para qué seguir escribiendo si al fin y al cabo hay otras actividades a la hora de perder el tiempo?!”. Un reto, digamos. Pero no. Si me hubieran sugerido algo así, ya hubiera escrito yo un par de páginas más.

SdB: Madrid es un personaje desbordado de todo: de muertes, de situaciones absurdas, de medicamentos y cada vez que quiere encontrar una línea de fuga, falla: irse de viaje, tomar cocaína, agarrar el auto y perderse, escribir. Y el relato termina con una posibilidad que él no busca, que le viene, que le cae. De alguna forma, podría ser una especie de rescate. ¿Podría escribir Madrid “rescatado”? Lo que me gustaría preguntarte es, en realidad, si el bienestar podría alentar más la escritura, o la escritura no tiene nada que ver con esto (con estar bien o con estar mal). 

 


D.K: No creo que haya una fórmula. Sospecho que la escritura de una novela desde la habitación de una clínica psiquiátrica no implica, necesariamente, garantía de nada. ¡Y viceversa! Digo, escribir una novela desde el Llao-Llao tampoco creo que ayude en algo, ¿no? Eso sí: no voy a negar que son las obras pergeñadas desde lugares incómodos las que mejor despiertan mi interés con mayor facilidad. Pienso en Celine, en Arlt, en Quiroga, en London, en los rusos (todos locos), en Kafka y hasta en Bolaño, que nunca tuvo un mango partido al medio. O sea, a riesgo de caer en una idea romántica, me quedo con la idea de escribir desde el malestar.

SdB: ¿Qué cosas de la realidad te sirven como puntapié para escribir?


D.K: Es una pregunta que suelo formularle a los escritores que entrevisto cada tanto. Escuché de todo. En mi caso, no tengo registro de algo puntual, sino de un cúmulo de sensaciones, de obsesiones, de pérdidas, ¿no? Mientras escribía Madrid, por ejemplo, la muerte estaba transformándose en algo denso, básicamente por la ida de un amigo, de la misma edad que yo. Esa pérdida, que hoy también es una experiencia, me cruzó, parece, en más de un aspecto. Pero insisto en que se trata de una suma de circunstancias, de necesidades y de estados de ánimo, más que de proyectos de escritura.

 SdB: ¿Alguna vez te dieron ganas de seguir la historia de Madrid? ¿Cómo te quedó ese personaje cuando terminaste la novela?


D.K:Nunca lo vi como un personaje. No yo, por lo menos. Para mí, Madrid fue un registro terapéutico; una manera de tomar distancia. De saber que podía alejarme. A su vez, tampoco sé muy bien si este personaje, como vos decís, se diferencia en algo de los muchachos que protagonizan los otros textos que publiqué.


SdB: ¿Cómo se inserta Madrid en el resto de tus novelas, las anteriores y las posteriores?


D.K: Un amigo me dijo que en estas novelas cortas que estoy escribiendo hay algo similar a una autobiografía exagerada; de ahí que estos personajes tengan nombres inverosímiles o poco frecuentes. Con esto intento explicar que no suelo ver un texto como un todo, sino como una parte de otra cosa que, en caso de seguir publicando, tomará tal o cual dimensión, más allá de tampoco estamos hablando de una zaga o cosa parecida. Por eso, creo que Madrid es algo parecido a una foto, a una foto movida de algo que sigue su propio curso… Lamento no poder explicarlo mejor.


SdB: ¿Qué escritores u obras te inspiraron o te inspiran para escribir?


D.K: Supongo que terminamos escribiendo lo que leemos, ¿no? En el caso de Madrid no recuerdo un texto en particular. Sí recuerdo que cuando caía en algo que me resultaba demasiado explícito y pedagógico, me acordaba de una película de Abel Ferrara, The blackout, que tiene una atmósfera desprolija y caótica y que yo, por aquellos meses de 2007, por alguna razón, quería retomar en Madrid. Después, en la última  novela que publiqué, que se llama Serpientes (Ed. Gárgola), sí tuve muy presente a Quiroga, Horacio, no Osvaldo. Fue raro, rarísimo, pero Quiroga estaba ahí mientras escribía ese texto que, no por casualidad, transcurre en Misiones.


SdB:  En Sur de Babel publicamos la primera parte de Gelp! La extinción de la gaviota cangrejera, ¿de qué trata esta novela todavía inédita?


D.K: Es una versión muy libre sobre mi vínculo con un club de fútbol –Gimnasia y Esgrima de La Plata– que pese a ser una de las instituciones de este rubro deportivo más antiguas del continente, no cuenta con un título cien por ciento oficial en sus vitrinas. El principal disparador –acá sí hubo un puntapié– fue que la sigla de dicho club es GELP. No hace falta aclarar demasiado: yo, y unas 50 mil personas más, somos hinchas de un equipo que se llama “auxilio” y que, repito, nunca pega una. Ante esos designios, intuí que había algo para observar desde la escritura. Obviamente, después de haber dado por concluida Gelp! La extinción de la gaviota cangrejera, sigo sin entender demasiado esta extraña relación deportiva de la que no me desvincularía por nada del mundo.

 
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