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Entrevista con Gabriela Massuh

 

"Todo esto es muy frágil porque está amenazado por una cultura endogámica cada vez más influida por el botón de “me gusta” y por las frases de 140 caracteres; apostar a una editorial es como apostar a un árbol: vuelve a instaurar el valor del tiempo." Gabriela Massuh.

 

Sur de Babel: ¿Qué fue lo que más los motivó a encarar esta nueva propuesta editorial?


Gabriela Massuh: Para esa pregunta tendría miles de respuestas. Pero te voy a dar tres motivos estrictamente personales que tienen más que ver con el afecto que con la razón. El primero: armar una editorial como Mardulce es una aventura que no tiene otro rédito más que la apuesta a un futuro impredecible. Es decir, es una cuestión bastante abstracta y solitaria en materia de resultados y de riesgo económico. Por suerte no me costó nada convencer a Juan Zorraquín de acompañarme. Juan es un gran médico, lo conozco desde que éramos adolescentes y es la persona en la que más confío, precisamente porque, a pesar de ser un entusiasta, también sabe poner paños fríos. El segundo motivo: conocí a Damián Tabarovsky cuando, al frente de Interzona, editó mi novela La Intemperie. Me gustaba su actitud con los autores que era de respeto y firmeza. Damián es sociólogo, novelista, pero creo que su pasión es la del editor. Cuando los dueños de Interzona decidieron desprenderse de la editorial, yo sentí, ya no que yo perdía a mi editor, sino que el medio se quedaba sin uno de los mejores en su género. De hecho, Interzona se había perfilado como una de las editoriales más interesantes de aquel momento. Desde entonces, hace ya más de tres años, no dejé de pensar en la posibilidad de trabajar con Damián, más por él que por el hecho concreto de tener una editorial propia. El tercer motivo también está ligado al deslumbramiento. Siempre me había admirado el profesionalismo que alcanzaron ciertas editoriales independientes como Adriana Hidalgo, Eterna Cadencia o Bajo la Luna, lanzadas a la gesta de expandirse en un mercado tan difícil o inabarcable como es el de la lengua. Me atraía lo que hacían, pero más que eso, el compromiso. Para mí eran (y son) referentes de una actividad cultural de resistencia. Desde el Instituto Goethe me tocó trabajar con ellos cuando la Argentina se preparaba para participar de la Feria de Frankfurt. Hay algo fundacional en estas editoras, un rasgo que las emparenta con la tradición editorial argentina de los españoles del siglo pasado (Losada, Sudamericana, El Ateneo) y a su vez, una visión hacia delante. Todo esto es muy frágil porque está amenazado por una cultura endogámica cada vez más influida por el botón de “me gusta” y por las frases de 140 caracteres; apostar a una editorial es como apostar a un árbol: vuelve a instaurar el valor del tiempo. Plantar un árbol y preocuparme de que tenga condiciones para crecer.

 

SdB: Me imagino que habrán evaluado muchos libros antes de salir al mundo. En relación a los de ficción, ¿por qué decidieron comenzar con estos títulos?


G.M.: Damián tenía un medio compromiso con Jean Echenoz desde los tiempos de Interzona. No sabíamos si ese compromiso podía valer para una editorial nueva, de manera que fuimos a hablar con Aldo Herlaut, del servicio cultural de la Embajada de Francia. Gracias a su entusiasmo pudimos seguir adelante con el proyecto. Fue la primera gestión que hicimos para la editorial y aquella amabilidad de Herlaut fue una especie de bautismo. El libro de Echenoz nos servía además como emblema de la editorial para el futuro: un gran narrador contemporáneo, ya conocido y valorado en el medio por sus novelas editadas por Anagrama. La elección de La Ingratitud de Matilde Sánchez también fue una decisión emblemática. Una de nuestras mayores ambiciones es editar ficción argentina contemporánea y La Ingratitud era un libro olvidado; había salido hacía dos décadas en una pequeña editorial que luego desapareció. En aquel libro ya se veía toda la densidad que caracterizó luego a toda la narrativa posterior de Matilde Sánchez. Nos parecía, además, una especie de reivindicación: de todos los escritores de su generación que hicieron eclosión en Frankfurt el año pasado, la obra de Matilde quedó, creo, en un cono de sombra. Publicar La Ingratitud fue entonces como un intento de reparar un olvido.

 

SdB: Van a acompañar a la editorial con una revista online. ¿Qué contenidos tendrá esta revista, de qué manera se complementa al proyecto de la editorial?


G.M.: Discutimos mucho sobre la conveniencia de publicar una revista online y todavía ahora esa discusión está en proceso. Hacer una revista, intentar un movimiento más allá de los objetivos específicos de una editorial es diversificarse y, lo confieso, yo creo que la diversificación atenta contra el largo plazo porque es la búsqueda de un éxito más inmediato. Hacer una revista sólo vale la pena si uno es consciente de que puede contribuir a sedimentar determinados procesos de discusión o si una sabe de antemano que es posible instalar temas pendientes. El problema es que la reducción del espacio público ha sido tan funesta en los últimos años, que los así llamados “debates públicos” casi no existen más que en el artificio de la web y han adoptado las características de la web: se mueven en un ámbito de iguales, endogámico y narcisista donde lo necesario se confunde con aspiraciones privadas de autoafirmación. La web se parece al mercado de arte contemporáneo: uno no sabe dónde está el valor. Este es el desafío de la revista: ser consciente por anticipado de su fragilidad, saber que nunca va a ser, como decía Borges, un espejo del mundo, sino una cosa más agregada al mundo. Un ente casi superfluo. Nos gustaría volver a formar parte de un debate público y la revista en la web tiene esa (imposible) aspiración. Veremos qué pasa. Este primer número está dedicado a reflexionar sobre la situación de la literatura argentina contemporánea después de Frankfurt.

 

SdB: ¿Notan alguna carencia en el mundo editorial actual a la que Mardulce venga a dar una respuesta?


G.M.: Nos gustaría bucear en posibles respuestas a la complejidad del mundo en el que vivimos, ya no desde una óptica específicamente argentina, sino latinoamericana. Yo creo que los argentinos, en especial los porteños, vivimos en un horizonte cultural acostumbrado a mirar hacia fuera cuando se trata de paradigmas culturales. Suponemos que esos paradigmas están en el Norte, afuera. Por otro lado, tenemos una visión muy corta, casi barrial, respecto de lo que pasa más allá de nuestros centros urbanos. Nuestra cultura es hiperurbana e hiperporteña cuando en realidad, lo que verdaderamente cambia nuestras vidas, los grandes centros de explotación y producción están afuera, lejos, en los campos de soja, en la desertificación, en las zonas mineras, en las yungas amenazadas, en la manipulación genética de los alimentos o en el patentamiento de la multiplicidad biológica para su uso comercial. Nuestra literatura está muy restringida a una visión urbana y esto es obvio: no se le puede pedir a la gente que escriba sobre lo que no conoce. Igualmente, queremos creer que existe una literatura fuera de la reiteración urbana. Hemos apostado a una autora cuya primera novela vamos a editar a principios del año que viene: Selva Almada. Su escritura nos sedujo no sólo porque escribe desde una óptica diferente, sino porque lo hace refundando un universo lingüístico que da cuenta de la diferencia y por eso es infinitamente rico, insólito, sorprendente. Yo creo que no existen muchos casos similares y que tuvimos mucha suerte en este sentido. Por eso, más allá de la ficción, nos proponemos articular estas respuestas desde nuestra colección de ensayos. En este sentido tenemos pensado publicar una serie de autores latinoamericanos y europeos que reflexionan sobre los grandes cambios que en este momento se producen en el continente. Son autores que no participan de la fiesta del aumento de los índices de crecimiento y hacen caso omiso a la visión generalizada de que esta sociedad es un punto de llegada, que no se puede salir de este modelo universal globalizado. Estos ensayistas no pertenecen al main stream mediático o académico. Uno de ellos es el alemán Elmar Altvater, de quien vamos a publicar un ensayo sobre la crisis europea ahora en noviembre próximo.

 

SdB: ¿Qué autores tienen pensados para el futuro próximo?


G.M.: En el sentido de lo que te decía recién, a principios del año que viene sale una colección de ensayos de autores latinoamericanos que reflexionan sobre sujetos colectivos que vienen practicando modos de vida no capitalistas o, para ser más exactos, no inspirados en el modelo del desarrollo y el crecimiento económico cuantitativo y perpetuo. Entre ellos están los mejicanos Ana Esther Ceceña y Gustavo Esteva, el uruguayo Raúl Zibechi, el boliviano Luis Tapia y las argentinas Norma Giarracca y Maristella Svampa. Tenemos a varios narradores argentinos en vista, la autobiografía del cineasta alemán Werner Schroeter, un ensayo sobre la educación en Alemania construido sobre el caso de un tutor autoritario que terminó matando a su discípulo, y así.

 

SdB: ¿Qué es lo más interesante para ustedes de nuestra narrativa joven local?


G.M.: Su diversidad.

 

SdB: ¿Qué otro autor aún no traducido al español les interesaría mucho traducir?


G.M.: Qué pregunta. Te diría que todos los autores buenos por descubrir, todos los autores que sepan movernos el piso. Tanto a editores como lectores.


 
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