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Entrevista con Lilia Lardone

 

"Otro recuerdo vinculado a Puertas Adentro es que la escribí escuchando la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak. No podría explicar por qué, es el único libro que construí con la misma música de fondo, día tras día: necesitaba el hilo melódico que recreaba un espacio abierto y enorme, con el horizonte muy lejano y unos cielos que no terminaban nunca, en los que era posible perderse…"

 

 

Sur de Babel: ¿Qué lugar tiene Puertas adentro dentro del resto de tu obra?

 

Lilia Lardone: Es curioso cómo a veces se disparan las ideas. A principios de los 90` yo empezaba a escribir ficción con inseguridad, siempre había sido una lectora apasionada y veía un abismo entre los autores que me gustaban y mis primeros “palotes” literarios. Fui a una charla de Ricardo Piglia en la Feria del Libro de Córdoba, y me llenó de inquietud cuando dijo algo así como que “las novelas se escriben para descifrar enigmas”. Enseguida pensé en una historia familiar oída de a retazos cuando niña, en la casa de mi abuela materna. Era una historia bastante trágica de abandono, que se ocultó siempre y por eso mismo, quedó fragmentada en mi memoria pero en suspenso. Hasta que el deseo de ponerla en palabras la rescató, por eso Puertas Adentro parte de un hecho real pero se construye con todas las libertades de la ficción. Siempre tendrá para mí un lugar diferente por ser mi primera novela, y por vincularse a cierta zona de mi infancia que aún hoy me conmueve.

 

SdB: ¿Por qué seleccionaste ese contexto histórico particular, ¿podría la historia haberse desarrollado en otro o el tipo de personajes te lo pedía?

 

L.L: Probablemente sí, la trama podría ser verosímil en otro lugar y momento, sólo que ni bien la imaginé, surgió la necesidad de recuperar los giros del habla y la atmósfera del pueblo de mi infancia, de indagar en esa sociedad en particular. Y también el deseo de mostrar cierta manera de ser en el mundo, la que define a los personajes que elegí. La inclusión de refranes en piamontés, por ejemplo, es una búsqueda a través de las palabras, para mostrar el reflejo condensado de toda una ideología…

 

SdB: Hay dos voces bien marcadas a lo largo de la novela: la de Ottavia y la que se enfoca en Tesa, esa voz en segunda, de observador íntimo, que es casi como la sombra de Tesa, que la habla, y que no la deja hablar, ¿cómo se te fueron configurando las dos?

 

L.L: La intención fue contar la historia desde alguien confinado “puertas adentro”. En la voz de Ottavia está la voz de los prejuicios, de los mandatos, y también cierto resentimiento por su postergación. Conocer de primera mano el pensamiento de Ottavia era imprescindible para acceder a los teje manejes de la familia y de la sociedad desde su lugar privilegiado de testigo silenciosa, aunque a medida que avanzan las páginas, se convierte en la verdadera guardiana del orden en la casa. Sin embargo, desde la estructura narrativa, se hizo imprescindible mostrar el “afuera”, primero desde una tercera persona que informa los movimientos en el pueblo frente al drama de los Ferraro. Y más adelante la intimidad de Tesa con la voz en segunda, que tiene que ver, me parece, con el modo sesgado con que ella consigue abrirse camino. No lanza sus decisiones desde un yo directo, sino que reflexiona como si ella misma fuera otra. Necesita distancia para analizar las complejas e íntimas situaciones que la van asediando. Y, finalmente, será lo que le permita tomar la decisión final.

 

SdB: ¿Por qué decidiste reeditar esta novela diez años después? ¿te pasó algo cuando la volviste a leer?

L.L: En 1998, viví intensamente la publicación en Alfaguara. Era mi primera novela, me dejaron elegir la tapa, una pintura del cordobés Víctor Viano llamada “Julieta esperando a Romeo”, que tiene un particular eco para mí porque durante la dictadura trabajé en el ámbito del Museo Genaro Pérez de Córdoba, y tuve el cuadro frente a mis ojos durante todo aquel tiempo oscuro. La crítica fue muy elogiosa, tanto en Buenos Aires como en el interior y sin embargo, el libro terminó en mesa de saldos. Es un gusto amargo ese destino, para cualquier autor en cualquier circunstancia, pero aún así el libro consiguió entrar en distintos circuitos de lectura: en la universidad, por ejemplo, y generó ponencias. Así que cuando diez años más tarde Ramiro Iraola, uno de los editores de Babel, me escribió un email entusiasta contándome que acababa de leerlo “de prestado”, le dije que la novela estaba libre. De inmediato, él propuso la reedición y para mi alegría, el libro salió pocos meses más tarde, con la misma tapa. Antes de entregar el archivo, volví a leerla y decidí no cambiar ni una coma: sentí que la historia estaba contada tal como yo la sentía.

 

SdB: ¿Te acordás qué leías mientras escribías Puertas adentro?

 

L.L: Era una buena época de intercambio, con María Teresa Andruetto y Estela Smania. Nos reuníamos a compartir nuestra escritura y también lo que leíamos. Recuerdo en especial Felicidad clandestina de Clarice Lispector, El amante y Escribir de Marguerite Duras, los cuentos de Liliana Heker, mucha literatura para chicos: Graciela Montes, Ema Wolf.... Y Andrés Rivera, Tizón. Carver, Cheever, Carson McCullers, Flannery O`Connor… Otro recuerdo vinculado a Puertas Adentro es que la escribí escuchando la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak. No podría explicar por qué, es el único libro que construí con la misma música de fondo, día tras día: necesitaba el hilo melódico que recreaba un espacio abierto y enorme, con el horizonte muy lejano y unos cielos que no terminaban nunca, en los que era posible perderse…

 

SdB: Ya que hiciste una antología de jóvenes narradores cordobeses, ¿qué nos podés contar de esa experiencia? ¿Te sorprendió lo que leíste, descubriste nuevas voces?

 

L.L: La antología surgió de notar las voces jóvenes mientras leía el material de varios concursos literarios en los que fui jurado. Aquí y allá aparecían marcas de miradas diferentes, otras referencias, otros contextos… Así que me pareció interesante hacer una selección de narradores jóvenes, menores de 35 años, y la gente de Editorial Babel aceptó la propuesta. Manos a la obra entonces, los contactos fueron desplegándose gracias a internet y muy pronto reuní gran cantidad de material. El libro se volvió voluminoso, porque incluí 24 relatos. Lo mejor de la experiencia estuvo en la relación con los autores, en los vaivenes de la edición. Algunos eran más permeables que otros a mis observaciones, pero en general disfruté de las improntas personales, me enriquecí con otros modos de mirar el mundo. La decisión del título, Es lo que hay, dejó conformes a algunos y no tanto a otros: mi intención fue tomar una expresión muy corriente y cargarla con el orgullo de decir “aquí está lo que tenemos en Córdoba”.

 

SdB: Sos una gran escritora de cuentos infantiles: ¿por qué te atrajo este género para comenzar a escribirlo? ¿Es fácil o difícil escribir literatura para chicos? ¿Qué tiene que tener la buena literatura infantil?

 

L.L: Mucho antes de escribir literatura para niños, me entusiasmó el estudio y la difusión del género y a eso me dediqué durante años. No sé si en cierta manera mi gusto por la LIJ se debió a que necesitaba restañar una vieja herida, porque cuando era chica en mi casa no había libros y yo deseaba con toda mi alma El tesoro de la juventud que tenía una nena vecina. Lo cierto es que me deslumbran desde siempre los cuentos, novelas y poemas para los chicos, en donde disfruto del juego, el humor, la transgresión, la frescura y los descubrimientos. La primera novela que escribí (también en los 90’) se llama Caballero Negro y fue un desafío inmenso. La reescribí tres veces, porque me daba cuenta de que no conseguía el tono adecuado, ni el punto de vista desde donde narrarla, y que el lenguaje necesitaba de mayor sencillez sintáctica, sin perder la densidad de la historia. La leía en voz alta y cuando saltaban las palabras duras, volvía a corregir. Por fin sentí que la narración fluía: ese fue uno de los momentos más importantes en mi crecimiento dentro de la escritura, para chicos o para grandes.

 

 


 

 

 

 

 



 
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